viernes, 11 de febrero de 2011

El calor en el hogar

No es solo por mis gatos, pero yo soy una persona más bien hogareña. Quizas sea que tengo mis libros a mano, poder conquistar el mundo en algun juego de la xbox360 o pasarme horas navegando por la red, pero soy más bien de estar en casa que de salir a la calle. Por eso un hogar cálido que sea placentero para estar ahí (y no lo digo solo por la calefacción) es muy importante. Adjunto un articulo que me pareció muy interesante en una revista


Diferentes estudios han demostrado los efectos terapéuticos de la arquitectura y la decoración. Nuestro hogar es nuestro refugio, y pensar en cómo sentirnos a gusto en él, una premisa para mejorar nuestro ánimo.


En la excelente película Los intocables de Eliot Ness, arnbíentada en el Chicago de los años treinta, el protagonista (Kevin Costner) persigue implacablemente al gánster Al Capone. Una persecución que se convierte en una sangrienta batalla. Mientras Ellot Ness sufre lo indecible, su dulce esposa lo telefonea para saber cómo se encuentra y le pregunta de qué color cree que debería pintar las paredes de la cocina. Al colgar el teléfono, él reflexiona en voz altar''Una parte del mundo todavía se preocupa por el color de la cocina". Aunque nos lo parezca, lamujer de Ellot Ness no se está ocupando de un tema tan baladí. Para la cordura humana, el estado de nuestras casas es mucho más crucial de lo que parece. 


¿Qué debían sentir nuestros ancestros cuando se refugiaban en sus cuevas? Entrar o no podía significar seguir viviendo o morir. Las cavernas les protegían de las arrasadoras inclemencias del tiempo y de los feroces depredadores. Cobijarse en sus grutas debía constituir un gran alivio para ellos. Y nosotros, ¿qué sentimos cuando entramos en nuestro hogar y cerramos la puerta? ¡Buf! Otro gran alivio. Los leones no merodean por las calles, pero siguen existiendo "leones", simplemente con otras formas (jefes, clientes, compañeros,  reuniones, compromisos sociales, tráfico ...). 
Nuestra casa es nuestro cobijo. Cuando contemplamos desde nuestro sofá las espantosas escenas que cada día arrojan los noticieros, nos sentimos de alguna forma protegidos de toda esa barbarie. Sentimos que nuestras paredes nos resguardan de alguna manera. El hogar no es solo donde nos cobijamos, sino también donde podemos recargar energías para nuestro día a día. Ese rincón del mundo es esencial para nuestra vida

Cuando se evalúa la depresión se tiene en cuenta el aspecto físico de la persona, esto es, si va limpia y arreglada. No saquemos una conclusión simplista, eso no significa que todo el mundo que se encuentra deprimido descuide su imagen, ni que todas las personas desarregladas sufran depresión. Pero sí que puede ser un síntoma más. Desde mi punto de vista, también se debería tener en cuenta el estado de la casa. De hecho, hablando con compañeras psicólogas todas compartíamos experiencias de pacientes que sus casas   reflejaban su estado de ánimo. Pacientes desilusionados con casas descuidadas o personas en las que el desorden mental se veía reflejado en todas las habitaciones. Nuestro humor incide en cómo cuidamos nuestra casa y, al revés, el estado de nuestro hogar influye en cómo nos sentimos. Un ejemplo extremo es estar de traslado. Vivir con nuestras cosas metidas en cajas es de lo más estresante. Para nuestra paz mental  necesitamos tener cada cosa en su sitio.
Algunas investigaciones muestran cómo la arquitectura y la decoración de los hospitales influyen no solo en el estado de ánimo de los pacientes, sino también en su recuperación. En un estudio realizado por Roger S.  Ulrich, de la Universidad de Delaware, se compararon dos grupos de pacientes que fueron sometidos a una colecistectomía. Los pacientes del primer grupo pasaron su convalecencia en una habitación con vistas a un paisaje natural, mientras las personas del segundo grupo solo oteaban edificios desde sus ventanas. Los  primeros necesitaron menos días para ser dados de alta y tomaron menos analgésicos mientras estuvieron hospitalizados.La atención que se presta a la decoración de los hospitales cada día es mayor, dado que, como el anterior, muchos estudios muestran la influencia de la arquitectura y del interiorismo en las emociones y la convalecencia de los pacientes. Con estas premisas se puede suponer que en el caso de nuestras casas pasa exactamente lo mismo. Si el estado de nuestra casa nos da más o menos equilibrio, más o menos paz,  más o menos energías, parece necesario que empecemos a meditar qué podemos cambiar para sentimos más a gusto en ella. Podría ser terapéutico. De hecho, una psicóloga me comentaba que una parte de la terapia con una de sus pacientes consiste en que arregle su casa. Y le pide que en cada visita le traiga fotos. Una de las formas de comprobar su avance mental es observar el progreso de su hogar.

Está claro que es terapéutico porque en muchas ocasiones esa necesidad de arreglar nuestra cabaña surge de muy adentro. En el síndrome del nido se ve muy claro. Muchas mujeres embarazadas sienten la necesidad imperiosa de limpiar, ordenar y preparar todo lo referente a la llegada del bebe. Una mujer que padeció cáncer me explicaba que durante la quimioterapia le dio por poner muchas plantas, y lo más curioso es que conocía otros casos como el suyo. Igual nos encontramos ante otro síndrome que de momento no tiene nombre. Una amiga me comentaba que después de su divorcio, en plena intemperie emocional, empezó a comprar mantas y cojines y a encender la lumbre cada día. Según ella, era como si sintiera un frío dentro y necesitaba mucho calor de hogar. Así se sentía mejor. Desgraciadamente, no siempre se repara el estado de ánimo simplemente arreglando nuestra cabaña. No son pocas las personas que dan miles de vueltas antes de llegar a casa. Hacen cualquier cosa para retrasar al máximo el momento. Entrar supone un suplicio. "La casa se me cae encima", es una de sus expresiones favoritas. Los motivos no suelen encontrarse en la vivienda en sí, sino más bien en la relación con quienes habitan en ella (padres, pareja ...). Incluso, en algunos casos, la raíz de esa desazón se halla en las profundidades de la misma persona. Cuando no estás bien contigo mismo parece que no hay lugar en el mundo que dé paz, ni tu propio hogar. 
Mientras escribía este artículo, asistí a una tertulia que celebramos asiduamente un grupo de amigos  psicólogos. Les pedí tratar el tema de la casa. Y enseguida apareció un subtema: el desorden. Una de las tertulianas nos expuso este dilema: "Imagínaros una familia compuesta por la madre y el padre y dos niños pequeños, una familia feliz. Siempre juegan y, como consecuencia, tienen la casa muy desordenada. Ese  desorden no les hace sentir bien. Yasí se enfrentan a un dilema "orden o felicidad". La verdad es que ninguno de nosotros caímos en la trampa dicotómíca que ofrece este dilema porque en esta vida normalmente la salida se encuentra en el medio. El orden tiene diferentes significados para cada uno de nosotros. Podemos encontrarnos ante una mesa rebosante de montañas desparramadas de papeles y que su propietario nos  aclare: "Para mí está ordenado, sé donde se encuentra cada papel". Y todos conocemos personas obsesivas que cuando entras en su casa parece que nadie vive allí. En la tertulia llegamos a la conclusión, a la que media humanidad también ha llegado, de que es muy importante diferenciar espacios comunes y privados. 
En los comunes es importante que reine el orden (no obsesivo), mientras que en los espacios privados cada uno puede tener "su orden". De hecho, recuerdo a una mujer que uno de los motivos principales de discusión con su marido era el desorden de este. Finalmente, se solucionó de forma práctica. Llegaron al acuerdo de que una de las habitaciones sería el estudio de él, y ella no entraría ni para limpiar ni para ordenar. Sería la pequeña isla del marido y allí podría reinar" su orden". Con los adolescentes, muchos padres llegan a esta especie de acuerdo. La habitación del adolescente, por definición, está desordenada. En una ocasión leí que en un piso piloto de una nueva promoción, para que fuera todo más realista, presentaban la habitación destinada a los niños ¡desordenada! Una gran parte de los españoles, cuando son encuestados y se les  pregunta que harían si les tocara la lotería, responden que destinarían el dinero a arreglar alguna parte de la vivienda. Es verdad, si tenemos dinero es más fácil tener nuestro hogar como nos gustaría. Pero no es menos cierto que la cantidad de dinero que uno tiene no es proporcional con lo acogedora que es su casa. Muchos ricos famosos exhiben sus casas en las páginas de las revistas del ramo. Estancias enormes, sofás  kilométricos, todo milimétricamente colocado, y el protagonista en cuestión, vestido a conjunto con la habitación. Me conmueve pensar que habrá personas que soñaran con eso pensando que allí se encuentra la felicidad. Pensemos que, en algunos casos, esos famosos tienen la parte de la casa que enseñan y otra más íntima en donde realmente viven, porque, ¿quién se puede encontrar recogido en un sofá que no se acaba  nunca? 


Lo importante es sentirnos cómodos y cobijados, y no rodeados de lujo. La prueba está en que la mayoría de las personas que se hospedan en hoteles de lujo acaban finalmente por añorar sus hogares. Mi abuela, como ha ocurrido con muchas mujeres de su misma época, vivió duramente su infancia y juventud. Ya bien entrada en su madurez, su vida se fue acomodando e incluso pudo ahorrar. Gran parte de esas pesetas las invirtió en mantas. Grandes y cálidas mantas de lana que en su mayoría regaló a mi madre. Debía de ser proporcional la cantidad de mantas que compró con el frío que debería de haber pasado de pequeña. Ahora yo atesoro algunas. Cuando me acoplo en mi rincón del sofá con una de esas mantas por encima me parece notar el cariño de mi abuela enredado entre las hebras de la lana. Esa sensación no tiene precio .
(fuente: Revista El Semanal, imagenes de National Geographic)

2 comentarios:

Natalia dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Natalia dijo...

Simplemente Hermoso