jueves, 9 de septiembre de 2010

Fabulas Felinas II

El otro dia puse las fabulas del felino casero, hoy toca las del principal animal de fabulas
El rey leon


EL LEÓN, LA VACA, LA CABRA Y LA OVEJA 
Una vaca, una cabra y una oveja habían hecho compañía con un león, y andando por las sierras, pillaron un ciervo. Partiéndolo en cuatro partes, y queriendo cada uno tomar la suya, dijo el león: «La primera parte es mía pues me toca como a león; la segunda me pertenece, porque soy más fuerte que vosotros; la tercera me la tomo, porque trabajé más que todos, y quien tocare la cuarta, me tendrá por su enemigo.» De modo que tomó todo el ciervo para sí.
Esta fábula advierte que no se debe hacer compañía con los poderosos, porque el trabajo es para los más débiles el provecho para ellos. 
EL LEÓN Y EL ASNO 
Encontrando un asno a un león, le dijo burlándose de él: «Dios te guarde, hermano», y se rió. El león, indignado de sus palabras, le dijo: «Miserable, no quiero ensuciar con tu sangre mis dientes, aunque bien merecías que te despedazase.»
Esta fábula enseña cómo debemos perdonar a los ignorantes y necios. 
El LEÓN, EL JABALÍ, EL TORO Y EL ASNO 

A un león ya viejo, estando enfermo, sin fuerzas y muy cercano a la muerte, se le acercó un puerco montés que lo odiaba, por haberle maltratado e injuriado alguna vez, y lo hirió en venganza. A poco de esto, vino un tordo e hiriólo muy cruelmente con sus cuernos; finalmente, vino un asno, y dio le un par de coces en la frente. Viendo esto el león, dijo suspirando: «Cuando yo estaba bueno y era fuerte, todos me temían y honraban; de manera que mi fama espantaba a muchos; pero ahora todos se me atreven. Cuando mis fuerzas y poder perecieron, toda mi honra pereció con ello.»
Amonesta Esopo con esta fábula que los que están en alguna dignidad sean buenos y benévolos, pues deben temer que puedan caer de ella; y si no tienen amigos, no hallarán quien les ayude, ante todo aquellos a quienes injuriaron se vengarán de ellos, viéndolos caídos. 

EL LEÓN Y EL RATÓN 

Estando durmiendo un león en la falda de una montaña, los ratones del campo, que andaban jugando, llegaron allí, y casualmente uno de ellos saltó sobre el león y éste le cogió. El ratón, viéndose preso, suplicaba al león que tuviese misericordia de él, pues no había errado por malicia, sino por ignorancia, por lo que pedía humildemente perdón. El león, viendo que no era digno de él tomar venganza de aquel ratón, por ser animal tan pequeño, dejóle ir sin hacerle mal. Poco tiempo después el león cayó en una red y, viéndose enlazado, comenzó a dar grandes rugidos. Oyéndolo, el ratón acudió al momento, y viendo que estaba preso en aquella red, le dijo: «Señor, ten buen ánimo, pues no es cosa que debas temer; yo me acuerdo del bien que de ti recibí, por lo cual quiero volverte el servicio.» Y diciendo esto, comenzó a roer con sus dientes y, rompiendo los ligamentos de la red, desató al león.
Esta fábula manifiesta que no se debe menospreciar y dañar a los débiles, pues algunas veces acontece que su auxilio es sumamente indispensable aun para los más poderosos. 

EL LEÓN Y EL PASTOR 

Yendo un león por una montaña erró el camino, y pasando por un lugar lleno de zarzas, se le hincó una espina en la mano, de tal manera que no podía andar por el sumo dolor que le causaba. Yendo así encontró un pastor y, llegándose a él, comenzó a menear la cola, teniendo la mano alzada. El pastor, que lo vio venir, turbado por su presencia, comenzó a darle del gana-
do para que comiese, mas el león no deseaba comer, sino que le sacara la espina; por lo cual puso la mano en la rodilla del pastor, el que, viendo la hinchazón de la mano y la espina clavada, entendió lo que quería el león, y con una lezna aguda le abrió poco a poco el tumor y le sacó la espina. Sintiéndose sano el león, lamió la mano del pastor, sentándose a su lado, y
poco después, ya buena la mano, se fue. Pasados algunos años, cayó el león en un lazo y fue puesto en el lugar de las fieras. El pastor, cometiendo un delito, fue también preso por la justicia y sentenciado a las fieras feroces para ser devorado por ellas, y poniéndole en el anfiteatro le echaron casualmente aquel mismo león, el cual salió para arrojarse sobre él con gran furia, pero llegando al pastor, luego que le conoció se sentó a su lado y le defendió de las demás fieras. Todos se llenaron de admiración viendo cosa tan extraordinaria, y sabida del pastor la verdad del hecho, se les dio la libertad a entrambos.
Esta fábula amonesta que ninguno sea ingrato al beneficio que recibe, antes bien se muestre siempre agradecido y lo pague cuando se le ofreciere ocasión. 



EL CABALLO Y EL LEÓN 

Un león, que no podía ya cazar por su extremada vejez, trató de matar a un caballo que pacía en el campo. Para esto fingió ser médico, y se llegó a él preguntándole por su salud. El caballo, conociendo el engaño y la mala intención del león, le respondió, con disimulo, que estaba muy malo, pues se le había metido una espina en un pie, y le dijo: «Amigo, cuánto me alegro de tu venida, pues creo que los dioses te han traído aquí para darme salud; ve pues la manera de sacarme esta espina, que me molesta mucho.» El león fingiendo que sentía su mal, se ofreció a sacársela, pero siempre con la intención de matarle. Púsose el caballo en buena posición para lograr su intento, y al tiempo de ir el león a sacarle la espina, le dio un par de coces en la frente y se escapó, dejando al león tendido en el suelo. Cobrando después el león el sentido, se levantó y, viéndose en tal mal estado, y que el caballo no aparecía, dijo entre sí: «Con harta razón sufro esto, pues el caballo justamente me ha vuelto un engaño por otro.»
La falsedad es odiosa: no es de temer al enemigo que se muestra como tal, sino al que siendo enemigo se presenta con capa de amigo. 

EL LEÓN REY 

Reinando el león sobre los animales, quería alcanzar buena fama no haciendo crueldades, y así prometió no hacer daño a nadie, de suerte que todos a porfía querían estar cerca de él; pero, arrepintiéndose después de esta promesa, buscó falsos pretextos para devorarlos. Algunas veces, llamando a algunos en secreto, les decía si le olía mal la boca, y tanto a los que decían que sí, como a los que decían que no, a todos los mataba. Una vez llamó a la mona y le hizo la misma pregunta, y ella le respondió que no, sino que muy al contrario le olía bien. Viendo el león que la mona le alababa, la perdonó por entonces; pero poco después mudó de propósito, e ideó un pretexto para despedazarla. Mandó para esto venir a los médicos, fingiendo que estaba enfermo, los que, tomándole el pulso, le dijeron que comiese algunas carnes ligeras, porque las fuertes le sentarían mal. El león entonces dijo: «Quiero probar la carne de las monas, pues aunque nunca la he comido, creo que será de fácil digestión», y echando la garra a la mona la devoró.
Recelaos del que os puede dañar, no sea que el hablar os pierda y el no hablar os mate. Procurad estar lejos de los que tienen dominio sobre vosotros.

EL BORRICO Y EL LEÓN 

Queriendo un león cazar en compañía de un borrico, subió con él a una montaña y le mandó que esforzando su voz espantase a los animales silvestres, para salirles él al encuentro cuando huyesen. El borrico rebuznó de repente con todo el aliento que pudo, y con la novedad del estruendo asustó a las bestias, las cuales, huyendo temerosas por sendas desconocidas, cayeron todas en las garras del león. Después de cansado el león de tanta carnicería, llamó al jumento y le mandó callar, pero éste, lleno de vana presunción al ver los destrozos, le dijo: «¿Qué te parece del socorro de mi voz?»
«Cosa grande», respondió el león; «tanto, que si no te conociera a ti y a tu raza, hubiera huido igualmente asustado.»
El cobarde y fanfarrón deslumbra a los que no le conocen, y es la risa de los que saben quién es. 

EL HOMBRE Y EL LEÓN 
Un hombre y un león que viajaban juntos llegaron a un lugar donde vieron una estatua de piedra, que representaba un atleta, o a Hércules cuando despedazaba a un león. «Esto que tú ves», dijo el hombre al león su compañero, «prueba que los hombres somos más fuertes y más valerosos que vosotros los leones.» «Si entre nosotros», respondió el león, «se hallasen escultores, como los hay entre vosotros, veríais muchos más hombres despedazados por leones, que leones muertos por hombres.
Esta fábula significa que muchas veces los hombres fingen vanagloriarse de hechos que nunca hicieron. 

EL LEÓN Y LA ZORRA
Un león fingía que estaba enfermo: con este engaño hacía venir a su cueva a todos los animales, y cuando los tenía allí los mataba. Llegó también la zorra, pero, no fiándose, dijo desde afuera al león que sentía mucho su enfermedad. El león, viendo que no entraba, le dijo: «¿Por qué no entras? ¿Recelas, por ventura, de mí, cuando estoy tan débil que aunque quisiera no me sería posible hacerte daño? Entra, pues, como los demás.» «Eso es», respondió la zorra,
No se debe fiar ciegamente en lo que nos dicen; se debe juzgar de las palabras, según sean las obras de la persona que las pronuncia. 

EL LEÓN Y SU HIJO 

Viendo un león que lo perseguían mucho en el sitio que habitaba, se fue a vivir a otra parte. Después de mucho tiempo de estar allí, un hijo pequeño que tenía le preguntó si eran naturales de aquel país. «No», respondióle el padre, «somos de otro lugar, y sólo vinimos a esta tierra por huir de los que nos perseguían.» «¿Y quiénes eran los que os perseguían?», preguntó el leoncillo. «Los hombres», le respondió el padre, «que, aunque no tan fuertes como nosotros, son muy temibles por su destreza.» «Pues yo iré a encontrarlos», dijo elleoncillo, «y vengaré nuestras injurias.» El león rogó a su hijo que de ninguna manera fuese, pues temia que cayera en algún lazo; pero él no hizo caso de lo que le decía su padre y se fue a buscar los hombres. En el camino halló un caballo muy maltratado y miserable, que pacía en un prado, y preguntóle: «¿Quién te ha maltratado y te ha puesto de esta manera?» «Un hombre», respondió el caballo, «que monta todos los días sobre mi, me hace andar y correr más de lo que puedo y me rompe las costillas a palos.» Díjole elleoncillo: «Te prometo que he de vengar tu injuria.» Caminando más adelante halló un buey muy herido y acabado, y le dijo: «¿Quién te ha puesto así?» «Un hombre», respondió el buey, «que me hace arar y trabajar, hiriéndome con un aguijón de hierro.» Entonces exclamó elleoncillo: «¡Oh, cuántos males comete el hombre! Por cierto que deseo dar con alguno», y viendo en el suelo unas pisadas humanas, preguntó al buey de quién eran aquellas pisadas, a lo cual le respondió éste que del hombre que lo maltrataba. Entonces elleoncillo extendió sus garras sobre las pisadas y dijo: «¿Cómo teniendo tan pequeño pie el hombre hace tantos rnales?» Y en seguida dijo al buey que le manifestase dónde estaba aquel hombre. «Allí está», le dijo el buey, y le enseñó al hombre, que con una azada estaba cavando la tierra. Elleoncillo se acercó a él y le dijo: «Hombre, cuántas maldades habéis cometido tú y tu raza contra mi, contra mi padre y contra otros animales, cuyos reyes somos nosotros; yo vengo, pues, a tomar venganza en ti.» El hombre, mostrándole un hacha que tenía, le dijo: «Como te me acerques más, te hago pedazos.» El leoncillo, viendo al hombre tan resuelto y osado, algo más prudente a la vista del peligro, le dijo: «Bien, consiento en no acometerte, pero con la condición de que vengas conmigo ante mi padre para que decida sobre esto como juez.» El hombre aparentó convenir en ello y se fue con elleoncillo, pero valido de la inexperiencia de éste, lo llevó por un sitio donde tenía preparadas sus trampas, de modo que a los pocos pasos cayó el leoncillo en una de ellas, y a pesar de sus súplicas y lamentos fue muerto por el hombre.
Debe seguirse siempre el consejo de los padres y de los ancianos. Los jóvenes presuntuosos corren a una perdición cierta.

EL LEÓN, EL TORO Y EL CHIVO 
Un león que iba cazando halló un toro muy grande que pacía en un prado, pero viendo éste que el león venía hacia él, huyó luego a la montaña, y buscando lugar seguro para esconderse, llegó a una cueva en que vivía un chivo; pero al ir a entrar en ella, el chivo con los cuernos le impidió la entrada, de manera que el toro, temiendo que le alcanzase el león. siguió adelante diciendo así: «Ahora te sufro esta injuria; pero sabe que no te temo a ti, sino al león que me sigue, pues si no ya te enseñaría lo peligroso que es pelear conmigo.»
Al desgraciado no se le debe agravar su desgracia. 
EL LEÓN Y LA CABRA 
Un león hambriento vio una cabra que pacía en lo alto de un risco, y viendo que era inaccesible la subida, le empezó a hablar amigablemente en esta forma: «Amiga», le decía, «¿qué haces sobre esas áridas peñas, donde no puedes hallar yerba que comer? Deja ese sitio tan estéril y bájate a los verdes prados donde yo habito. Baja pues, arniga.» «Tienes razón», respondió la cabra, «bajaré a pacer en estos prados con mucho gusto; pero bien entendido», añadió con tono de burla, «que esto será cuando te hayas ido bien lejos de ellos.»
No des oídos con facilidad a todos, pues muchos aconsejan a los demás lo que les acomoda a ellos mismos. 

EL VAQUERO Y EL LEÓN 
Un vaquero que apacentaba una numerosa vacada echó de menos un becerro, y siendo vanas cuantas diligencias hacía para encontrarlo, ofreció a Júpiter sacrificarle un cabrito si le mostraba el sitio en que se ocultaba el ladrón que lo había robado. Entrando después, siguiendo sus pesquisas, en un bosque cercano, vio que un león estaba devorando el becerro perdido, y lleno de terror alzó las manos al cielo temblando y dijo: «Oh , altísimo Júpiter, te había ofrecido un cabrito si me concedías descubriese al que había robado el becerro, mas ahora prometo sacrificarte un toro si escapo de sus garras.»
Muestra esta fábula que los hombres desgraciados encuentran por lo común su daño hasta en el mismo bien que desean. 

EL LEÓN ENAMORADO 

Un león amaba en extremo a la hija de un campesino, y deseando obtenerla por esposa la pidió a su padre. El campesino, al oír proposición tan extravagante, respondió que jamás accedería a casar a su hija con una bestia; pero viendo que el león se ponía furioso y rechinaba los dientes, mudando de lenguaje le dijo que estimaría casar a su hija con él, pero que para esto era menester se dejase cortar las uñas y sacar los dientes, pues aquellas temibles armas aterraban a la don cella. El león, llevado de su amor, se sometió a ello, y ya desarmado pidió al padre le diese su hija, pero éste, viéndolo ya sin uñas ni dientes, lo hizo huir a latigazos.
Esta fábula enseña que el que se pone en manos de sus enemigos perece infaliblemente.

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