martes, 7 de septiembre de 2010

Fábulas felinas I


LA RAPOSA Y EL GATO
Hablando una vez cierta raposa con un gato, se alabó de saber diferentes artes para buscarse la vida, a lo que contestó el gato que él no era tan sabio, pues no saa más que una, en la cual confiaba para salir de cualquier peligro. Estando diciendo esto, se escucharon ladridos y ruidos de perros que venían corriendo hacia aquel sitio; entonces el gato saltó a un árbol elevado, pero la raposa, no pudiendo hacer lo mismo, caen poder de los perros.
Enseña esta fábula que conviene mejor saber una sola cosa que sea útil, que muchas cosas que no sirvan en caso de necesidad.


EL GALLO Y EL GATO
Un gato acometió a un gallo con intención de matarlo, pero no viendo motivo alguno para hacerle daño, empezó a recriminarlo de este modo: «Eres un gritador incómodo, que con tu aguda voz despiertas de noche a los que duermen» 
«Ningún mal hago en eso», respondió el gallo, «pues mi canto sirve de despertador a los que han de levantarse para el trabajo.» 
«Eres un malvado», replicó el gato, «pues tienes a la vez muchas mujeres. cuando los demás animales no tienen más que una.» 
«¿Qué culpa tengo en esto? ¿Yo acaso las busco? ¿No ves que me las dan para multiplicar más a costa mía?»
 «No me convencen tus razones», repuso el gato, y echándose sobre él lo mató.
Cuando el capricho ocupa el lugar de la justicia y la razón, todo debe temerse. 




EL GATO Y LOS RATONES


Supo un gato que en una casa haa muchos ratones y fue allá para cazarlos. En efecto, en los primeros as pilló muchos, pero al fin los ratones, viéndose tan perseguidos, determinaron no bajar, sino estarse en los lugares elevados a donde no podía subir su enemigo. Sabiendo esta determinación el gato, fingse muerto y se colpor los pies de un madero que había en la pared; pero asomándose un ratón y viendo al gato de aquella suerte, le dijo: «Amigo, por más que te hagas el mortecino, no bajaré de aquí.»
El varón prudente puede ser una vez engañado por falsas palabras, pero no se fía más de ellas



LA GATA CONVERTIDA EN MUJER
Cierto joven a quien agradaba mucho una gata muy bella, pidió a Venus la convirtiese en mujer; la diosa propicia accedió a su ruego y la transformó en una joven en extremo hermosa. El joven, lleno de gozo, se la llevó consigo, pero estando sentados juntos en su gabinete, quiso la diosa probar, si mudada la forma, habrían también cambiado las costumbres de la gata, y para ello hizo aparecer un ratón en medio de la sala: apenas lo hubo visto la transformada gata cuando olvidada de su nueva figura y de sus amores se eca pillarlo; por lo cual, indignada la diosa, la volvió a su forma primitiva.
Enseña esta fábula que, aunque se mude de condición y estado, se conservan siempre en ellos las costumbres primeras.







EL ÁGUILA, LA JABALINA Y LA GATA

El Águila puso la cría en lo alto de un árbol, de tronco hueco y carcomido; la Jabalina al pie del mismo árbol, y la gata entre una y otra; y sin molestarse, mediante este arreglo, madres e hijos vivían sosegados. La Gata, con sus chismes, acabó con tan buena armonía; trepó al albergue del Águila y le dijo: «Estamos amenazadas de muerte; porque ¿qué mayor muerte para una madre que la de sus hijos? ¿No veis a esa malhadada Jabalina, que está siempre hocicando ahí abajo y abriendo una mina a nuestros pies? Pues, no lo hace con otra idea que la de derribar esta carrasca, y acabar con todos los nuestros. Caerán al suelo los pobrecillos y serán pasto de las fieras. ¡Ni uno solo me quedará para consuelo! ¡Bien segura estoy de ello!»
Abandonó el nido del Águila, dejándola toda alarmada, y bajó a la madriguera donde la Jabalina estaba recién parida. «Amiga y vecina, le dijo en voz baja: vengo a daros un aviso. No salgáis de aquí porque el Águila está al atisbo para arrojarse sobre vuestros cachorros: No me descubráis; lo pagaría yo.»
Después de sembrar también la alarma en esta otra familia, retiróse la Gata a su vivienda. El Águila no se atrevía a salir para mantener a sus polluelos; la Jabalina, menos; sin pensar que lo primero es matar el hambre. Cada cual se obstinaba en permanecer dentro de casa, para defender a los suyos; el ave imperial, recelosa de la mina; la hembra porcuna, del ataque de su rapaz vecina. Y todos al fin fueron víctimas del hambre, la familia alada y la cerdosa: ¡gran día aquel para la gente gatuna!
¡Cuánto daño hace una lengua ponzoñosa! De los males que salieron de la caja de Pandora, el más aborrecible de todos es el chisme.



EL GATO Y EL RATÓN


Cuatro distintos animales, el Gato hurtaquesos, el tétrico Búho, el roedor Ratón y la señorita Comadreja, de esbelto talle, todos ellos malignos y perversos, frecuentaban el tronco medio podrido de un pino viejo y selvático. Tanto lo frecuentaban, que cierto día tendió allí sus redes un cazador.
El Gato, muy de madrugada, salió del escondite para ganarse la vida. Las últimas sombras de la noche no le dejaron ver la red, y cayó en ella. Creyéndose morir, maullaba lastimero, y al oírlo acudió el Ratón. ¡Qué desesperación la del uno! ¡Qué alegría la del otro! ¡Como que veía atrapado a su mortal enemigo! El infeliz Gato exclamó al fin: «Amigo carísimo: bien veo cuánto me parecias, y bien sabes tú cómo te correspondo. Ayúdame a escapar desde este lazo, en el que me hizo caer la ignorancia. Razón tenía al apreciarte y quererte como a las niñas de mis ojos. No me arrepiento de ello; antes bien, doy gracias a los dioses. Iba a rezar mis oraciones de la mañana, como corresponde a un Gato devoto. Esta pícara red me sujeta: en tus manos está mi vida; suelta, por favor, estas ligaduras.»
 «¿Y qué recompensa obtendré?», preguntó el Ratón.
<duro eterna alianza contigo, contestó el Gato. Dispón de mis uñas: contra todos te defenderé. Mataré a la Comadreja y al Búho: ambos a dos están conjurados contra ti
«¡Idiota!, exclamó el Roedor: ¡mi libertador tú! No soy tan necio.»
y así diciendo, marchó a su madriguera. La Comadreja estaba junto al agujero. Trepó más arriba, y topó con el Búho: ¡peligros por todas partes! Vuelve el Ratón a donde estaba cautivo el Gato, y royendo, royendo, suelta una malla, luego otra, y por fin da libertad al hipócrita. Preséntase en esto el Cazador, y los nuevos aliados emprenden el trote largo, anda que te andarás. Estaban ya a luengo trecho, cuando el Gato observó que el Ratón se mantenía a cierta distancia, receloso y prevenido. «Hermano, le dijo, ven a mis brazos; tus recelos me ofenden: miras como enemigo a quien es tu aliado. ¿Puedo olvidar que, después de Dios, te debo a ti la vida?» «y yo ¿puedo olvidar tampoco tu índole perversa? No hay pacto ni tratado que obligue a un Gato a ser agradecido. Tonto será quien fíe en una alianza hecha por la dura ley de la necesidad

EL GATO Y LA ZORRA
El Gato y la Zorra, como si fueran dos santos, iban a peregrinar. Eran dos solemnes hipocritones, que se indemnizaban bien de los gastos de viaje, matando gallinas y hurtando quesos. El camino era largo y aburrido: disputaron sobre el modo de acortarlo. Disputar es un gran recurso; sin él nos dormiríamos siempre. Debatieron largo tiempo, y después hablaron del prójimo. Por fin dijo la Zorra al Gato:

Pretendes ser muy sagaz, y no sabes tanto como yo. Tengo un saco lleno de estratagemas y ardides.





-Pues yo no llevo en mis alforjas más que una; pero vale por mil. y vuela a la disputa. Que sí, que no, estaban dale que dale, cuando una jauría dio fin a su contienda. Dijo el Gato a la Zorra:
-Busca en tu saco, busca en tus astutas mientes una salida segura; yo ya la tengo.
y así diciendo se encaramó bonitamente al árbol más cercano. La Zorra dio mil vueltas y revueltas, todas inútiles; metióse en cien rincones, escapó cien veces a los valientes canes, probó todos los asilos imaginables, y en ninguna madriguera encontró refugio; el humo la hizo salir de todas ellas, y dos ágiles perros la estrangularon por fin.
* * *

Piérdese a veces un negocio por sobra de expedientes y recursos; se malgasta el tiempo buscando cuál es el mejor, probando esto, lo otro y lo de más allá. Mejor es tener una salida; pero buena.