lunes, 14 de diciembre de 2009

Navidades vistas por los felinos

Según se acercan los fríos, cuando en el exterior de MI casa ya no disfruto del continuo revolotear de los pájaros; cuando los árboles se quedan sin hojas; cuando mis amigos humanos se cubren de miles de capas de variados colores sobre su propia piel... se me empieza a poner mal cuerpo.
Empiezo a verles nerviosos, con una tímida y bobalicona sonrisa. ¡No lo entiendo! Si es lo mismo de todos los años, la misma inevitable rutina que sólo consigue alterarme, desconcertarme, "accidentarme"... porque, además de los cambios de decorados, las incesantes visitas y los estruendosos ruidos, todos los años me encuentro con alguna nueva y desagradable sorpresa.

Los días previos a SUS fiestas, la casa se cubre de extraños y a veces divertidos objetos. Los he probado todos, y justo los que más me gustan -los redondos que cuelgan de ese árbol que se empeñan en meter dentro de casa-, justo ésos no me dejan tocarlos y me regañan cada vez que lo intento. Además, ya quedé escarmentado tras un mordisco que propicié y que me hizo acabar en la casa del hombre de la bata blanca.
Un cable verde salía de un agujero con dos pequeños orificios en su interior; el cable entraba en ese árbol que, desde entonces y en todas las insoportables fiestas, ocupa gran parte de MI salón. Ese cable conseguía que unas luces pequeñas, distribuidas por aquella estatua vegetal, se encendieran y apagaran de forma continua, incesante y ¡provocadora! Quise saber qué era lo que circulaba por dentro de aquel fino y verde filamento. Mis inigualables sentidos me decían que algo que fluía por el interior de aquella alargada estructura conseguía ese agotador efecto lumínico.
¡Qué susto... y qué dolor!
Fue como cuando me ponía el señor de la bata blanca una cosa en la espalda, pero como cientos y por toda la boca. Estuve varios días comiendo una especie de puré blando, con el mismo sabor que mi alimento habitual. Recuerdo esas fiestas como las peores de mi vida.
Pero lo que peor llevo son las visitas de los amigos y familiares de mis amigos humanos. ¿No tienen nada mejor que hacer que intentar cogerme para estrujarme y sobarme? Me agobian, me impregnan de repulsivos olores que a ellos pare-
cen encantarles y pretenden que les ofrezca mi más exclusivo y singular ronroneo.
Además, si se me ocurre bufar o dar un manotazo de aviso, me montan una bronca incomprensible. De alguna manera tendré que decirles que me dejen tranquilo, ¿no?
Y el grado sumo de pesadez lo atesoran Julito, un niño (ya no tanto) cuyo único fin durante esas fiestas es agarrar mi cola, y una señora mayor, Eduvigis creo que la llaman, que siempre intenta liar a alguien para que me pongan en su regazo... No puedo soportarlo; la mujer desprende el mismo olor que el de las bolitas que colocan mis propietarios en los armarios.
¿Y la comida? ¡Me vuelven loco! Yo, que adoro mi alimento crujiente, sabroso, que me produce unas digestiones perfectas, que me permite ir a la arena como un reloj... Pues durante las fiestas TODOS se empeñan en poner en mi comedero, u ofrecerme directamente de su mano, todo aquello que ingieren de forma compulsiva, como si no hubiera un día después.
Y sus comidas fueron otra desagradable sorpresa que, como siempre, acabó en la casa del señor de la bata blanca: María, una prima divorciada de mí amiga humana, hizo acto de aparición en casa para potenciar aún más mi tormento. Se pasó horas mirándome y llorando. Yo no entendía sí era mi visión lo que le provocaba aquel torrente lacrimógeno o que aquello a lo que todos denominaban divorcio tenía algo que ver con sus angustiosos llantos. í
María, en un intento -supongo- de sofocar sus penas o de compartirlas con otro ser vivo, me puso una raspa entera de besugo en mi impoluto comedero. Yo, que no estoy acostumbrado a esos alimentos y menos en esos extraños formatos, tras olisquearlo de forma minuciosa, procedí a degustar los sabores que rodeaban unas fuertes y punzantes estructuras. Me metí tanto en el lío que, por descuido, una de esas lacerantes piezas entró a formar parte de mi organismo, alojándose justo en el lado derecho de mi garganta y provocándome toses, arcadas y vómitos. Parecía la protagonista de una película de miedo que gustaba mucho a Mariano, mi amigo humano: una niña que, no sé cómo, consigue que su cabeza dé vueltas a la vez que profiere tremendos gritos (como los míos) y expulsa por su boca todo tipo de materias inconsistentes.
El hombre de la bata blanca, tras ponerme en las manos de Morfeo, extrajo aquel regalo de la divorciada María que, a mi vuelta a casa, lloraba aún más desconsolada. Esta vez sí, creo que yo era el responsable de su desazón.
Con vuestro permiso, me retiro bajo la cama de mis amigos humanos, pues llaman a la puerta, vuelven a cantar, a gritar... Estas navidades os aseguro que no saldré de mi refugio hasta el día que se vayan los señores bien vestidos que llegan sobre camellos.
Extraido de Royal Canin

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