sábado, 14 de noviembre de 2009

Mala iluminación?

La mala iluminación es un error de decoración. Visitamos la casa de Chan en busca de la luz perfecta, el mejor iluminador del mundo.

Poner de acuerdo a un auditorio sobre quién es el número uno de la arquitectura y tener que elegir entre Jean Nouvel, Richard Rogers, Norman Foster o Richard Meier es misión imposible. Lo mismo sucedería si cambiamos de tercio y preguntamos por un decorador que merezca ser coronado. ¿Christian Liaigre o Phillipe Starck? Volveríamos a discusiones infinitas. En cambio, el mundo de la arquitectura y el diseño serían unánimes en señalar a Arnold Chan como el mejor iluminador del mundo.
Todos los creadores antes nombrados tienen en común una sola cosa: confían sus proyectos más emblemáticos a este hongkonés cuando hay que ponerles luz. Cuando Chan estudiaba en Architectural Association, en Londres, se había impuesto al «menos es más» de Mies Van der Rohe otra definición para la arquitectura: «La arquitectura es el juego sabio, correcto, magnífico de los volúmenes reunidos bajo la luz». Le Corbusier dixit. Pese a ello, Arnold Chan reconoce que no fueron las palabras del maestro las que lo motivaron a jugar con bombillas, fluorescentes o LED, sino la casualidad. El vio la luz al colaborar con la empresa italiana de iluminación iGuzzini en el diseño de sus sfiowrooms. Un primer contacto que lo llevó de nuevo a las aulas para estudiar e investigar. Fundó su propia firma en Londres —Isornetrix Ilumination and Design—, en 1984. «El caso es que las técnicas de iluminación ahora son tan avanzadas que sólo los especialistas que piensan como arquitectos pueden producir resultados buenos», dice Chan. Tal vez detrás de esta afirmación se encuentra la razón para que todo el que es alguien en arquitectura quiera su colaboración.
Su lista de clientes es tan larga
que le permite viajar por el mundo apagando sus luces para dormir -es un decir— en hoteles de los cinco continentes: The Dorchester (Londres), The Four Seasons (Nueva York), hotel Puerta América (Madrid)... ¿Nombres propios? Calvin Klein, en sus dos o tres casas —ya saben Manhattan, Miami y los Hampton—; Dona Karan —lo mismo-; Plácido Arango, en Madrid y en su finca La Charca. Son un ejemplo de los particulares que han confiado en Chan, pero en su agenda también hay algún Rothschild, un Conran o un par de Saatchi que encuentran hueco entre instituciones como el MoMA de Nueva York, la Fundación Cartier en París o el edificio Fórum de Barcelona.
Su influencia va más allá de los grandes proyectos que firma. Es, sin duda, el padre de la proliferación de los espacios que cambian de color según la hora, el estado de ánimo o simplemente la arbitrariedad. El inicio: el hotel St. Martins Lañe; año 1999. Una instalación lumínica interactiva permite personalizar el espacio. Con sólo un toque se puede cambiar la iluminación ambiente eligiendo entre un amplio espectro de colores vibrantes para expresar cada estado de ánimo. Todo el arco iris parece surgir de la cabecera de la cama. Los colores salen de una tira indirecta, difusa, de luces rojas, amarillas y azules enlazadas a un pequeño disco en la pared. «Mis tonos favoritos para una habitación de invitados son los rosados, el rojo y el violeta», explica Chan. Ya saben que lo último y más cool en la iluminación son los LED (diodos emisores de luz en sus iniciales inglesas) que cambian de color.
Y lo mejor de todo es que de cada uno de sus proyectos podemos sacar una lección práctica. En el restaurante J. Sheekey de Londres, el dispositivo de iluminación fundamental de Chan consiste en una lámpara con un haz de luz de ángulo estrecho. Un foco pequeño, pero intenso, de luz en el centro de cada mesa. Esto hace brillar la comida y provoca una iluminación amable que reduce las bolsas en los ojos y las caras hundidas de los comensales (sin duda, una buena idea que copiar para el comedor de casa). En su trabajo con John Pawson —el famoso arquitecto minimalista que odia el «exceso de defectos»— se puede comprobar cómo un simple cubo blanco es cálido gracias a unas luces amarillentas que aparecen remarcando la separación entre la encimera y la pared y que corre en paralelo con el techo, en otra fosa.
A veces, la repetición de un elemento, como, por ejemplo, una lámpara de pie gigante, puede devolver el esplendor a un salón veneciano sin necesidad de una sola roza. Sólo enchufes que se pueden acoplar en un alto rodapié. Un juego delicado, ése de dar luz a viejos palacios. En España, el Museo de Picasso de Málaga ha sido otro de sus más brillantes, perdón, luminosos éxitos. •
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