miércoles, 1 de julio de 2009

Sube la luz? Reduzcamos consumo

Tras la última factura de 90 euros de electricidad siendo una persona he decidido informarme un poquito más de como hacerlo.
En el piso de arriba de la casa, mi mujer, sentada junto a una lámpara y un radiador caldeado, bebe té y hojea revistas mientras se seca el pelo con el secador. Así gasta en 30 minutos la mitad de la energía consumida por un bangladesí en un día. Por mi parte trato de compensar el despilfarro; estoy sentado en la oscuridad con las estufas apagadas. Llevo puestos dos jerséis, un gorro, una bufanda y un par de mitones que me confeccioné con unos calcetines viejos. Escribo todo esto en una máquina de escribir. No es fácil.
A diferencia de un ordenador, no me permite cortar y pegar párrafos ni puedo conectarme a Internet para hacer consultas. Incluso resulta un esfuerzo físico. Pero me siento muy feliz al pensar en toda la electricidad que ahorro. Los últimos cálculos estiman que la tecnología de la información superará pronto a la aviación como principal consumidora de energía. Todos esos vídeos en YouTube y los blogs que nadie lee ocupan espacio en unos servidores que no hacen más que consumir más y más electricidad. Y un avatar del juego virtual Second Life consume tanta energía como un brasileño.
Luego están todas esas baterías que siempre hay que recargar. De hecho, fue la batería del ratón de mi ordenador la que me hizo pensar en usar esta máquina de escribir. Ahora planeo reducir de forma drástica mi existencia digital.
La climatología resulta cada vez más impredecible. El planeta se está recalentando; los bosques, muriendo, igual que las especies animales, a un ritmo tan rápido que hay quien habla de la sexta gran extinción (¿o era la quinta? Si estuviera conectado, podría consultarlo). Por si fuera poco, la producción mundial de petróleo llegará a su límite máximo en tres años o pocos más, si es que ya no está en declive terminal. Es fundamental por ello que ahorremos toda la energía posible a fin de reducir las emisiones y preservar los valiosos combustibles para contribuir a la transición a una infraestructura de energía renovable. Para hacerlo, es preciso que nos fijemos un objetivo. El Instituto Federal Suizo de Tecnología ha calculado la cantidad precisa de energía que cada uno de nosotros tiene que consumir para que el planeta siga siendo habitable: 2.000 vatios por hora, que, en términos de consumo, servirían para mantener constantemente encendidas 20 bombillas incandescentes.
Los vatios vienen a ser equivalentes al ritmo con el que el agua sale de un grifo.
La energía total consumida se mide cronometrando del flujo (el tiempo que el grifo lleva abierto a ese ritmo). A partir de ahí se calcula la cantidad total de agua que hay en una bañera o, más bien, los kilovatios por hora que la compañía eléctrica luego nos carga. En consecuencia, 24 horas a un ritmo de 2.000 vatios por hora nos da 48.000 vatios por hora (48 kilovatios por hora o kWh). Al cabo de un año la cifra resultante es de 17.520 kilovatios por hora.
Veinte bombillas eléctricas no parecen excesivas si consideramos que deben cubrir todas nuestras necesidades: no sólo la energía consumida en casa, sino también nuestra cuota individual de infraestructuras, como la construcción de carreteras, el alcantarillado o la energía consumida por todo cuanto compramos. Si queremos conectar un microondas o conducir un coche, nos corresponde apagar bastantes bombillas. En teoría, la cosa tampoco es tan difícil, pues los famosos 2.000 vatios por hora son los que hoy utiliza el hombre. Pero se trata de un promedio global. En la práctica, el consumo varía muchísimo: el bangladesí medio se las arregla con 300; el europeo, con 5.400, y el estadounidense, con 11.400.
Los suizos han calculado que esos 2.000 vatios por hora tan sólo resultan sostenibles si el mundo entero se ajusta a ellos. Es una cuestión de equidad. Dicho esto, el incremento del consumo de energía en los países en desarrollo más allá de los 2.000 vatios sería catastrófico. Razón por la que tenemos que aprender a vivir con menos. Los suizos han convertido en público el objetivo de la Sociedad en Pro de los 2.000 Vatios. En Basilea llevan siete años poniendo en práctica un gran proyecto piloto de cooperación entre la industria, las universidades, los institutos de investigación y los organismos gubernamentales. Zúrich se unió al proyecto en 2005 y Ginebra expresó en 2008 su interés por él. Roland Síulz, director del proyecto, insiste: «No se trata de pasar hambre ni de privarse de comodidades o diversión, sino de abordar el futuro de un modo creativo».
Los tres principales campos de consumo de energía son la alimentación, el transporte y el hogar: cada uno se lleva una tercera parte, aproximadamente. Yo he hecho progresos en los dos primeros. Compro mi comida a proveedores locales que venden productos de la estación. También alquilo un pequeño huerto, no consumo mucha carne y muchas veces como cosas crudas. En cuanto al transporte, tengo un coche eléctrico, pero suelo desplazarme en bicicleta o autobús (trabajo en casa, así que tampoco viajo mucho... Y menos
mal, porque es complicado, si no, ajustarse a los 2.000 vatios).
Vivo en una vieja casa adosada al norte de Londres. Para ahorrar energía en ella, he estado leyendo varios libros sobre el tema. El más completo, seguramente, es The carbon-free home [El hogar Ubre de carbono], de Stephen y Rebekah Hren, que toca muchas teclas al respecto y hasta sugiere la instalación de retretes con compost —el humus obtenido artificialmente por descomposición bioquímica en caliente de residuos orgánicos— para ahorrar en el proceso de bombeo y purificación del agua (hasta que ésta es potable), agua que luego se tira por el inodoro. Sin embargo, yo aún no me he decidido a instalar los retretes con compost, sino que he fijado a la cisterna del inodoro dos reguladores que me permiten tirar de la cadena lo justo para vaciar eí retrete en la medida precisa: un poquito, un poco más o todo lo que haga falta.
En cuanto a la calefacción, la apago cuando estoy solo. En Internet hay estadísticas sobre la energía precisa que se ahorra cuando uno baja el termostato, pero apagarlo es mucho más efectivo. Para hacerme una idea de mis necesidades, me compré un monitor Electrisave y estuve paseándome por la casa encendiendo y apagando lámparas y electrodomésticos para medir cuánto consumía cada uno. Al cabo de dos días, me dije que ya le había sacado todo el partido al aparato: se había convertido en otro cacharro superfluo. Decidí dárselo a alguien que pudiera sacarle provecho. Había descubierto por mi cuenta lo que los adalides de la Sociedad en Pro de los 2.000 Vatios afirman: que el camino que hay que seguir radica en «usar las cosas, antes que en ser propietarios de ellas».
Como es de esperar, el libro recomienda no dejar ningún aparato en standby. Por lo demás, no parecen ser muy partidarios de los cacharros que sólo sirven para divertirse: «¿Se puede hablar del uso eficiente de una videoconsola? ¿No estaremos más bien ante un simple fracaso de la imaginación?». Conviene secar la ropa al sol, pues las secadoras eléctricas gastan hasta 6.000 vatios. Veo por dónde van. La plancha consume 3.250. La tetera de enchufe, 2.300, por lo que ahora me preparo el té usando una tetera de camping. Es verdad que lleva su tiempo y que con la calefacción apagada todo el rato necesito bebidas calientes, pero...
Luego está el secador eléctrico de
mi mujer, que consume 3.250 vatios, lo mismo que la plancha. «En lugar de recurrir al secador —indican los autores del libro— hágase un peinado menos complicado, dúchese por las noches o seqúese el pelo al sol con ayuda de una toalla.»
Está claro que no conocen a mi mujer, que tiene el pelo del tipo 'desastre1, como ella lo denomina. Por el momento me abstengo de invitarla a resolver
el problema para siempre rapándose al cero. Por suerte, todavía estamos a tiempo de ahorrar muchísimo en el consumo sin necesidad de prohibir los secadores.
La red nacional sufre unos impresionantes picos y valles en la demanda, lo que lleva al despilfarro sistemático, pues mucha de nuestra energía se consume en reducir la carga de la red cuando la demanda disminuye. Ahorraríamos mucho consumo si consiguiéramos nivelar los picos y valles. Si lográsemos situar un porcentaje importante de la demanda eléctrica por las noches llegaríamos a ahorrar el equivalente de toda la electricidad de origen nuclear o hasta el 20 por ciento del total de la red. Pero el cambio de costumbres no es tan sencillo. Igual sería menos difícil si fuésemos conscientes de lo que podemos ahorrar. La reducción del consumo a los 2.000 vatios por hora y por persona serviría para que en los hogares se ahorrasen hasta i.ooo euros al año.
La Sociedad en Pro de los 2.000 Vatios afirma que, amén de recortar el consumo, es fundamental que hagamos lo posible por generar de forma renovable y cuanto antes las tres cuartas partes de la energía que utilizamos. Para tornar ideas de cómo lograrlo, fui a ver el denominado 'Camden Eco Home'. Los obreros habían aplicado aislamiento térmico en las paredes de su interior. En el camino de regreso a casa compré material aislante para las puertas y ventanas, así como una tira de cepillo para evitar que entraran corrientes por el resquicio bajo la puerta de entrada. Me alegra decir que el resultado fue inmediatamente perceptible, y sin necesidad de echar mano a artefactos de medición de última tecnología.
No voy a convencer a mi mujer de que deje de usar el secador y la verdad es que a mí me gusta su peinado, pero si no hacemos algo para reducir el consumo energético corremos un verdadero peligro. Si nuestro coche se encamina a un precipicio y nos alarma la perspectiva de despeñarnos por el abismo, no se nos ocurriría dar la situación por perdida y no recurrir a los frenos, ¿no? •

MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES.
Sólo cuatro de cada diez españoles han modificado sus hábitos por el cambio climático, y quienes lo han hecho no saben decir cuáles. Lo revela un reciente estudio de la Fundación Mapf re y la universidad de santiago de Compostela. No parece que, a la hora de la verdad, estemos tan por la labor como decimos.

(Extraido de El Pais semanal)